Como en “Las bicicletas son para el
verano” a Pablo cada vez que le dejaba una novia, era como si le comieran una
cucharada de lentejas, pero en este caso de corazón. Así hasta dejarlo con el
corazón vacío como la cazuela de la obra. Todas le aportaban algo nuevo: la
afición por patinar, el gusto de catar vinos, el descubrimiento del cine
japonés. Pero todas se llevaban algo de él: la Vespa de color verde que alegraba sus veranos, el
sofá de cuero de la salita pequeña, la colección de discos de U2. Aunque eran cosas valiosas para él, la
ausencia de dichos objetos no le llegaba a importar tanto como la ausencia de
los desayunos en la cama, los besos en el cuello o las miradas en la calle
mientras paseaban. “Te he dicho mil veces que lo de Pretty Woman no existe” le
decía su primo Arturo cada vez que acompañaba a Pablo a la Gran Vía en busca de
otra princesa sentada en trono de cartón.
02 junio 2015
31 mayo 2015
La duda
Lentamente abrió el maletero. Su mano se deslizó con
suavidad para en un acto de sublime delicadeza levantar, como se alza la luz
sobre las tinieblas, la puerta. Expectantes, mi hermano y yo desde la otra
acera de la calle observábamos la escena con la incertidumbre del final de una
novela de Agatha Christie. Nuestros ojos ni siquiera se permitían el lujo de parpadear
para no perder ni uno de los detalles del momento. La vida seguía ajena a
nosotros: las madres llevaban a sus hijos al colegio, los abuelos daban su
paseo vespertino, las furgonetas de reparto ocupaban las dobles filas. Todos
desconocían el secreto que mi hermano, la policía que paró el coche y yo estábamos a punto de descubrir. Y cuando
uno de los agentes extrajo aquel pequeño paquete envuelto en una toalla blanca
con flores amarillas el otro gritó: “¡Chicos, largo de aquí!”.
Microrrelato participante y seleccionado en el I Concurso de Microrrelatos en la I Semana del Libro de Daroca.
25 mayo 2015
La habitación
Los dedos se me habían vuelto a congelar. Que
difícil era escribir en aquella habitación helada, oscura y vacía. Por mucho
que quisiera hacer de aquello mi hogar, siempre había algo que me recordaba que
nunca lo sería. El papel que se descorchaba de la pared, la pata coja del
somier, la carcoma de la pequeña mesa debajo de la ventana cuyas contras dejaban
pasar la escasa luz que recibía el habitáculo durante todo el día. Pero
aquellos escasos 2 metros cuadrados se transformaban en 6 en las cuatro letras
que escribía una vez al mes. La ventana se tornaba como un gran ventanal por
donde el amanecer entraba todos los días para recibirme en el mundo. El colchón
de paja era uno de algodón, de segunda mano, pero caliente y cómodo para mis
jóvenes pero gastados huesos. La mesa era un antiguo escritorio de roble que el
señor iba a tirar pero decidió cedérmelo para que continuase con mis estudios
nocturnos, y mejorara en eso de escribir y leer. Sin duda había mejorado
bastante en ello, ya que mis cartas eran dignos folletines de novelas salidas
de la imaginación más desarrollada.
Fotografía de la casa museo de María Pita (A Coruña)
23 mayo 2015
Odiando #viernescreativo
#Viernescreativo Una imagen y más de 100 historias...
Odiando
Sabía que deseaba su muerte. Deseaba que desapareciera, que un buen día llegara al trabajo y ya no estuviera allí, que no tuviera que preocuparme por encontrármelo por la calle, que la vida dejara de sangrarme cada vez que lo viera. Sabía que quería aplastarlo, que quedara como aquella granada que en el office de la oficina se me cayó de las manos y llenó todo el suelo de rojas gotas, de vida y muerte. Pero él, con su siempre tierna sonrisa volvía a hacer que me avergonzara de odiarlo tanto.
– Tranquila querida, yo te ayudo a recogerlo. Y hablando de recoger, recuerda que esta tarde paso a por los niños, quiero que conozcan a Ana por fin.
Sabía que deseaba su muerte. Deseaba que desapareciera, que un buen día llegara al trabajo y ya no estuviera allí, que no tuviera que preocuparme por encontrármelo por la calle, que la vida dejara de sangrarme cada vez que lo viera. Sabía que quería aplastarlo, que quedara como aquella granada que en el office de la oficina se me cayó de las manos y llenó todo el suelo de rojas gotas, de vida y muerte. Pero él, con su siempre tierna sonrisa volvía a hacer que me avergonzara de odiarlo tanto.
– Tranquila querida, yo te ayudo a recogerlo. Y hablando de recoger, recuerda que esta tarde paso a por los niños, quiero que conozcan a Ana por fin.
20 mayo 2015
Como otoño
Le gustaba esperar. Le daba tiempo para asimilar las
cosas, para saber a lo que atenerse. Le gustaba esperar en la sala del médico,
en la estación de autobús, en la fila del súper, en el parking. Le ayudaba
mucho el hecho de no trabajar y no tener unos horarios a los que estar atado.
El tiempo no corría en su contra, ni a favor, simplemente se desplazaba
suavemente como aquellas nubes a las que miraba mientras esperaba en la
gasolinera. Sabía que un día todo aquello terminaría, que la rutina, los
horarios, las prisas volverían a su vida como el otoño vuelve cada año a
terminar con el verano. Pero incluso para eso le gustaba esperar.
18 mayo 2015
De dientes
Ya no podíamos contar con él. Se había vuelto huraño
con nosotros, extravagante con sus ideas e introvertido con su vida. No nos
fiábamos de él los días que íbamos de caza, incluso los perros le temían. No
quería salir por las noches y nos miraba de manera despectiva cuando hablábamos
de viajar a nuevos lugares para que no nos siguieran el rastro. Desde que mordió,
hacía dos meses, a aquella misionera dejó de afilarse los colmillos y empezó a
lavarse los dientes. Ya no era un vampiro al uso.
15 mayo 2015
De dioses #Viernescreativo
#Viernescreativo Una imagen y más de 100 historias...
Imagen: Pejac es un artista que acostumbra a trabajar en las paredes que encuentra, además de en su estudio.
Sin
saber cómo los dioses, lo cuales nos habían bendecido con aquel don, nos
estaban castigando ahora con él. Vagábamos por la tierra huyendo de todo lo que
antes nos había hecho dichosos, sin poder encontrar refugio en ningún lugar. Primero
nos hostigaron con el agua, luego con el viento y ahora con el fuego. Verdaderamente parecían niños jugando con
nosotros.
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